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Su nacimiento determinará toda su vida. Su madre la aymara Ignacia López sintió los dolores de parto en pleno viaje. Se había traslado de su Canas a Canchis, ambas llamadas “Provincias Altas de Cusco” (a más de 3500 msnm) para el “trueque”. Este hecho determinará su amor por estas dos tierras y su indesmayable trabajo en favor de sus aspiraciones de desarrollo. María creció en la comunidad de Collachapi del distrito de Layo, provincia de Canas. Sus recuerdos más tempranos están en el Yanaorqqo, uno de los cerros más imponentes y “apu” de la zona y de la laguna de Layo (3,969 m.s.n.m.). Su padre Eduardo Sumire, destacado líder campesino, fue uno de los primeros indígenas de su Comunidad que aprendió a leer y escribir. “Mi padre soñó con ser maestro, algunos podrían decir que sus sueños se truncaron (un indígena letrado era un peligro)” a cambio se convertiría en maestro de maestros en interminables jornadas de lucha. Don Eduardo Sumire Qelqa fue campesino, obrero de mina y de una empresa textil pero sobre todo, luchador social. Lugar donde trabajaba, creaba un sindicato. Su máxima obra; la Federación Departamental de Campesinos del Cusco. “Solamente organizados podemos lograr que nuestra lucha sea efectiva”, decía. Este gremio campesino fue fundamental en las jornadas de las tomas de tierra durante la Reforma Agraria. Este ejemplo forjó el acero del espíritu de María Sumire. Fue una de las primeras niñas de su comunidad en asistir a la escuela. Precisamente allí se produce su primer encuentro con el idioma español. “Aprendí el idioma impuesto con sangre y con lágrimas”, dice. Luego vendría el desarraigo. Su padre la lleva a Cusco, junto con su hermana mayor, para que continuara sus estudios. En su comunidad campesina solo se impartía la enseñanza hasta el tercer grado de primaria.
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